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Cualquiera puede hacer la prueba hoy mismo. Solamente debemos contabilizar, aunque sea a ojo, con cuántas personas hemos hablado de verdad, con la voz, mirándolas o, al menos, escuchándolas en directo. Y por otro lado, contar el número de personas a las que les hemos mandado mensajes por escrito, ya sea por correo electrónico, por WhatsApp o por cualquier otro canal.
Si el segundo número es mayor que el primero, el resultado no debería sorprendernos: un reciente estudio ha confirmado que cada vez hablamos menos.
Una grabadora en el bolsillo
¿Cómo es posible saber cuántas palabras pronuncia alguien en un día? Preguntarle directamente a esa persona no sería demasiado acertado, desde luego, porque es un cálculo extremadamente difícil de hacer.
Pero hace más de veinticinco años, un equipo de psicólogos de la Universidad de Texas ideó una solución ingeniosa: la grabadora de activación electrónica (EAR, por sus siglas en inglés). Se trata de un pequeño dispositivo que una persona puede llevar encima durante varios días y que, sin que tenga que hacer nada, se enciende unos segundos cada cierto tiempo y capta el sonido ambiente.
Estas muestras de audio se pueden analizar, a posteriori, por un equipo de científicos para anotar si la persona estaba hablando y contar las palabras que pronunció. Así, con muestras cortas distribuidas a lo largo del día, se puede estimar el total. Hoy el sistema EAR ha evolucionado y es una aplicación que podemos tener en el propio móvil, pero la idea de fondo es la misma.
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Esto puede traer a nuestra mente la sospecha de que los móviles o los altavoces inteligentes de casa nos escuchan, y el paralelismo es útil, aunque con dos diferencias críticas.
La primera es que, con sistemas como EAR, la persona ha dado su consentimiento y puede borrar cualquier fragmento antes de entregarlo. La segunda es que a los investigadores no les interesa lo que una persona dice, sino cuánto habla y con cuántas personas. Por utilizar un símil, podría entenderse como un podómetro de la conversación, que cuenta los pasos verbales (las palabras) sin juzgar hacia dónde caminamos.
Y precisamente porque estos sistemas llevan más de dos décadas siendo utilizados en numerosos estudios, ahora es posible observar si nuestra forma de hablar ha cambiado con el paso de los años.
Una sorpresa que nos deja mudos
Los autores de un estudio reciente decidieron revisar datos de varios estudios realizados a lo largo de más de una década con sistemas EAR, con más de 2 000 participantes de diferentes edades a quienes se había grabado el audio ambiental de su vida cotidiana.
Al contabilizar las palabras, algo no encajaba. La media del conjunto de los estudios era de unas 12 800 palabras habladas al día, claramente por debajo de las casi 16 000 que el mismo método había estimado en un trabajo publicado en Science en 2007.
Tras comprobar que no era un error de cálculo, los científicos exploraron cómo había cambiado el número de palabras dichas al día en función del año, y el resultado fue sorprendente. Entre 2005 y 2019 apareció una tendencia muy clara que mostraba que, cuanto más reciente era el estudio, menos palabras hablaban sus participantes.
Por cada año transcurrido, el modelo estimó unas 338 palabras menos al día. Parece una cantidad pequeña, pero equivale a más de 120 000 palabras menos a lo largo de un año entero. Cuando vemos esto con la perspectiva de todo el periodo analizado, la diferencia es enorme, ya que el modelo estimaba que en 2019 cada persona pronunciaba aproximadamente un 28 % menos de palabras al día que en 2005.
Los jóvenes callan más… pero no son los únicos
Entre los menores de 25 años, el modelo estimó un descenso de 451 palabras diarias por cada año transcurrido, frente a 314 entre los mayores de 25. Aunque esto podría indicar que el uso del móvil y de las aplicaciones contribuye al cambio, no parece que la tecnología sea la única causa.
Tampoco la edad explica ni de lejos toda la caída. Estamos ante cambios estructurales en cómo nos reunimos y nos comunicamos hoy día que afectan a todo el mundo. Aunque todavía queda mucho trabajo científico por hacer, tenemos algunos sospechosos habituales, como el teletrabajo, las compras en línea, el ocio en soledad vinculado a una pantalla, o el auge de ciudades donde ya no se conoce al vecino. Parece que hablar se ha vuelto menos necesario.
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¿Palabras perdidas?
Y aquí está la gran duda que no está resuelta. No sabemos si las conversaciones digitales están contribuyendo a la pérdida o, de alguna forma, la están compensando por otras vías. Puede que en 2026 no nos estemos comunicando menos, sino de otra manera.
En España, por ejemplo, se estima que enviamos o recibimos de media más de 5 audios al día, y la Generación Z se sitúa a la cabeza con más de 7 notas de voz diarias. Esas son palabras habladas, sí, pero no son una conversación. Una nota de voz es un monólogo diferido, sin turnos, sin interrupciones, sin ajustar lo que decimos según cómo reacciona nuestro interlocutor en tiempo real. Es hablar sin conversar.
Ansiedad ante la conversación en directo
Los mensajes por escrito tampoco son un sustituto natural de la conversación. En otro estudio, a los participantes se les pidió que retomaran el contacto con alguien con quien años atrás habían mantenido una relación cercana. Dos de cada tres personas prefirieron escribir un mensaje por correo electrónico antes que llamar, porque pensaban que escuchar la voz del otro sería bastante más incómodo.
Pero cuando finalmente hablaron, comprobaron que la temida incomodidad que habían anticipado no aparecía. La llamada generó más conexión que el correo sin resultar más embarazosa. Ni siquiera exigió más tiempo. Huimos de la voz por un miedo que la evidencia no respalda.
Lo que se juega el vocabulario
Hay una dimensión que a quienes estudiamos el lenguaje nos preocupa especialmente. Gracias a los estudios masivos colaborativos en los que ha participado la Universidad Nebrija, con cerca de 170 000 hablantes nativos de 19 países, sabemos que un hispanohablante adulto reconoce de media unas 30 000 palabras. Pero el dato más revelador es cómo cambia esa cifra con la edad.
En contra de lo que muchos intuyen, el vocabulario no se marchita con los años. Más bien crece durante toda la vida. Nuestros mayores son el gran depósito léxico de la sociedad.
El vocabulario aumenta escuchando y usando palabras en contextos variados, con personas distintas, sobre temas distintos. Cada conversación con un fontanero, una farmacéutica o la vecina del cuarto nos expone a un léxico que puede ser distinto al de nuestros chats habituales, escritos a toda prisa, con emoticonos y abreviaturas. La conversación hablada es la cinta transportadora por la que el vocabulario viaja de una generación a otra.
Y aquí es donde los dos estudios principales se dan la mano de una forma inquietante. El grupo en el que el descenso es más pronunciado, los menores de 25 años, es precisamente aquel cuyo repertorio léxico todavía tiene mucho margen para crecer.
Si hablamos un 28 % menos, y lo que hablamos se concentra en audios o mensajes enviados a los mismos contactos de siempre, la pregunta no es solo cuántas palabras utilizamos, sino cuántas palabras diferentes usamos y con quién. Si esa cinta transportadora circula menos y conecta siempre a las mismas personas, también disminuyen las oportunidades de que las palabras nuevas pasen de unos hablantes a otros.
Lo que 300 palabras pueden hacer
El dato más perturbador del estudio no es la cifra en sí, sino el contexto. Vivimos una epidemia de soledad, y hay vínculos claros entre la soledad y el empeoramiento de la salud, entre la cantidad de conversación diaria y el bienestar. Hablar con otras personas está relacionado con sentirnos más conectados y, a su vez, la conexión social está estrechamente vinculada a cómo de bien nos sentimos.
La buena noticia es que la receta es ridículamente barata. Trescientas palabras al día son una charla breve en el pasillo con un vecino o una compañera, un chiste que contamos en casa, o una respuesta un poco más larga a la manida pregunta “¿Qué tal?”. O, ya que estamos, una llamada de dos minutos en lugar del audio de dos minutos. El mismo tiempo, incluso tal vez las mismas palabras, pero con alguien al otro lado.
Jon Andoni Duñabeitia no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.