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Vivimos inmersos en la tecnología ¿Qué duda cabe? En nuestros espacios abundan dispositivos y aparatos que abarcan una amplia gama de funciones y sofisticaciones. Las relaciones interpersonales no solo beben de las aguas de la era digital: se zambullen en ellas. Las tecnologías digitales acortan distancias geográficas y temporales, perfilan hábitos de consumo, trabajo, estudio y entretenimiento, e introducen otras formas de dar y recibir afecto y atención.
Pensar las emociones en este contexto amerita despojarnos de prejuicios y anclajes al pasado y estar abiertos a las nuevas posibilidades de construir vínculos afectivos mediados por la tecnología. No se trata de desplazamientos o suplantaciones, sino de otras exploraciones que, aunque diferentes, ya resultan cotidianas y cercanas. En este sentido, Javier Mercadé de Luna señalaba en 2017:
“Internet y el resto de tecnologías a él conectadas (…) son nuestro hábitat digital. Nadie hoy puede concebir ya su vida sin el aspecto digital de la misma. (…) lo digital es nuestro medio: un medio que actúa de un modo totalizante. Influye en nuestra forma de leer, de estudiar, de comprar, de relacionarnos con nuestros seres queridos (…), de amar y de concebirnos a nosotros mismos”.
Las amistades digitales
Vale la pena preguntarnos si hay distinciones en el modo de asumir la amistad en entornos digitales. Si lo que para algunos significa adaptación o resistencia, para otros es un proceso espontáneo, cómodo y hasta imperceptible. Para los adolescentes, la utilización de la tecnología es parte fundamental de su día a día, tan es así que pasa desapercibida pues su existencia se da por obvia. Aquí valen las palabras de McLuhan, de 1969:
“A esta forma de autohipnosis la llamo narcosis Narciso, un síndrome según el cual, el hombre no es consciente de los efectos sociales y físicos de su nueva tecnología, como un pez que no es consciente del agua donde nada. Debido a ello, precisamente en el momento cuando un entorno provocado por los medios se vuelve penetrante y metamorfosea nuestro equilibrio sensorial, también se vuelve invisible”.
Paradójicamente a esta invisibilidad hay que añadir la omnipresencia de las tecnologías que se extienden por las relaciones interpersonales e incluso posibilitan otros modos de expresar afecto a través, por ejemplo, de reacciones en forma de emojis, stickers, avatares, gifs y memes como parte de una iconografía que sintetiza y comunica, al tiempo que estimula emociones y comportamientos.
Desde videollamadas, interacciones por redes sociales y audios de whatsapp hasta citas virtuales para ver una película en simultáneo a través de aplicaciones y extensiones, videojuegos multijugadores online, retos virales, selfis para Instagram, intercambios por Discord, mascotas virtuales, todo suma al momento de crear y avivar comunidades en línea en las que la amistad, la compañía y la socialización encuentran nuevas rutas. Mención especial merecen las rachas de TikTok, pues permiten entender las dinámicas que se gestan en estos entornos.
No romper la racha
En TikTok, una racha es una secuencia de días consecutivos en la que dos amigos se envían mensajes directos (videos, texto, emojis) en el chat. Para activarla, es necesario intercambiar mensajes durante tres días seguidos, y, para mantenerla, ambos deben enviar al menos un mensaje cada día para que el emoji de fuego no se vuelva gris. La racha se rompe si pasan más de 24 horas sin que los participantes se envíen mensajes, pero puede recuperarse si se reactiva el intercambio en un plazo de 48 horas desde que se rompió.
Se observa así un modo de relación totalmente fundamentado en la tecnología. En este caso, en una aplicación que, aunque remite a una comunidad global, permite relaciones más estrechas entre grupos más pequeños, o incluso acotadas a dos personas, en los que la tecnología es medio pero también fin, contenido y contenedor, forma y fondo, estructura y acabado. Los términos también son relevantes ya que, como en la amistad, las rachas se activan, mantienen, pierden y recuperan, señalando que requieren atención, lealtad e interés mutuo. La relación no funciona si es en un solo sentido o si se descuida.
En la otra orilla, encontramos prácticas antiamistad, basadas en el acoso, la discriminación, el bullying y otros males revestidos de las tecnologías del momento. Las relaciones en la red no están exentas de riesgos, abusos y malas prácticas. En tal sentido, más vale la mirada crítica y cautelosa que la ingenua o idealista.
Peces en la sociedad líquida
El transcurrir del tiempo puede hacer que los lazos afectivos cambien, pasando del estado sólido a la liquidez. Esta es una de las premisas expuestas por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en su obra La modernidad líquida (1999), y desarrollada con detenimiento en su libro Amor líquido (2003), en el cual analiza la fragilidad de los vínculos humanos en la posmodernidad.
Aunque el concepto se centra en las relaciones de pareja y lo que comúnmente se asume como amor romántico, sus principios pueden extrapolarse a otro tipo de relaciones interpersonales caracterizadas, según dice, por la superficialidad, la fugacidad, la inestabilidad y, en consecuencia, menor compromiso, duración y solidez. Sin embargo, como apunta Espíritu Ávila (2023), pareciera ser un estado al que algunos se adaptan o transitan, y no, como hemos venido sosteniendo, un estado propio de las generaciones actuales:
“El amor líquido es una subjetividad de emociones y sentimientos circunstanciales temporales que tiene que ver con los deseos, anhelos y placeres que queremos consumir en la sociedad líquida en la que vivimos; es una más de las muchas aristas subjetivas que nos permite dar sentido y adaptación al mundo que nos ha tocado vivir”.
Estos principios buscan explicar aquellas relaciones que han adoptado la tecnología como un complemento o paliativo, pero no para quienes la viven como parte consustancial de sus relaciones. Es decir, no como un medio sino como el entorno mismo en el que se engendran, crecen y alimentan los vínculos afectivos.
En este sentido, la tecnología no sería un recurso adicional, sino un elemento central que existe tácitamente y no requiere mayor enunciación. Ella está implícita y sobrentendida, presente y abarcadora en las relaciones de millones de adolescentes del hábitat digital contemporáneo.
La negativa a usar estas herramientas y aplicaciones supone una limitación, ya que son prácticamente un requisito indispensable para ser miembros funcionales y competentes de los grupos y comunidades que se conforman en torno a la tecnología, asumida como el fuego arrebatado a los dioses alrededor del cual todo sucede, pues dota a los simples mortales de atributos que, de otro modo, serían inalcanzables.
Este artículo se publicó originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.
Johanna Pérez Daza no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
